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El mal árabe.
Entre las dictaduras y los integrismos. La democracia prohibida

El mal árabe, de Moncef Marzouki, no es una obra académica. Es una crónica personal, a la vez que una narración de la historia más reciente de Túnez que el autor intercala con temas de análisis y filosofía política. Se trata de la descripción de un tiempo y de unos hechos que pueden parecernos lejanos a tenor de los acontecimientos vividos en los últimos meses. Es el relato de las experiencias de un hombre comprometido, que habla en nombre de otras muchas personas -silenciadas por la tortura y el arresto- a las que les tocó vivir los años más negros de la dictadura de Ben Ali. Es también la pintura de un país, Túnez, que lucha por un futuro digno. Y la exposición de los problemas más actuales y candentes a los que se enfrenta la totalidad de la sociedad árabe y de los que no puede desentenderse el occidente más cercano; es decir, Europa. Pero ante todo es un libro reivindicativo que, escrito desde la óptica de la defensa de los derechos humanos, consigue conmover nuestras conciencias, provocando que nos preguntemos dónde estábamos y qué hacíamos muchos de nosotros en los momentos que nos relata. Porque es evidente... Ni Túnez ni el Magreb nos quedan tan lejos, ni sus ciudadanos están tan en las antípodas de nuestra cultura y costumbres como creemos.

 

La democracia no está condenada de antemano a fracasar en las costas sureñas del Mediterráneo como si fuera una ola gigante ante un acantilado frente al cual no pueda sino retroceder.La democracia también tiene sus ventajas para el mundo árabe, y estas no son nada desdeñables. Aunque el factor demográfico, con setenta millones de analfabetos, parece jugar a favor del brote islamista, estas naciones mayoritariamente jóvenes, abiertas al mundo, y más que impacientes por encontrar su lugar en el concierto internacional de las naciones, no están condenadas, en todos los ámbitos que las integran, a permanecer en los rieles de su pasado. Hay que recordar que cincuenta millones de árabes ya forman parte de las clases medias, cuya aspiración remite a los derechos y libertades asociados a la democracia. Está luego la revolución tecnológica, que ha introducido en muchos hogares no solo información, sino también una cierta formación respecto al debate democrático. Está también el movimiento de los derechos humanos, uno de los más activos del mundo, y, en especial, el profundo disgusto ante el totalitarismo que siente toda la población, a lo que cabe añadir el «contagio» a partir de otros pueblos que se liberan a nuestro alrededor. Y existe, asimismo, una corriente centrista e ilustrada del islamismo que puede construir, junto a los demócratas seculares, un compromiso histórico que nos evite la guerra civil permanente. Nunca insistiremos suficientemente en ello: los demócratas no se oponen al integrismo porque se reclame del Islam, sino porque es una ideología totalitaria. Y, por último, existe el apoyo y la calurosa complicidad de la sociedad civil occidental, si bien esta última también defiende su propia democracia al atacar el apoyo de sus gobernantes a nuestros verdugos.

autorMoncef Marzouki

Moncef Marzouki (Grombalia, Túnez, 1945) Profesor de medicina, político y escritor, fue miembro fundador y presidente de la Liga tunecina de los Derechos Humanos (LTDH), organización perseguida por la dictadura de Ben Ali....

Entrevista a Moncef Marzouki

Fragmento del Capítulo 7 del libro-entrevista de Vincent Geisser a Moncef Marzouki, Dictateurs en sursis. La revanche des peuples arabes.  

 

Después de la caída de Ben Ali y de Mubarak, las cuales usted ya predijo, ¿cómo describiría el estado de la confrontación de fuerzas actuales en el seno del mundo árabe?

Sí, dibujemos un esbozo de los principales protagonistas. Para empezar hay que decir que nuestros "queridos" dictadores, son unos " animales" curiosos y que destacan por dos características. La primera es la de ser  unos dictadores de segunda generación. Son gente que creció como unas malas hierbas en el jardín de los dictadores de primera generación como Nasser, Bourghiba o Boumediene. Estaban en el lugar y el momento apropiados  en el desierto que aquellos predadores crearon alrededor suyo. Y es que, los verdaderos dictadores no soportan a las grandes personalidades en su entorno.  Aplican, como yo la llamo, una selección natural a la inversa.

La segunda característica, relacionada con la primera, es que son unos dictadores de "serie B". Contrariamente a la dictadura china o surcoreana de antaño, la dictadura árabe ha fracasado en todos los campos,  siempre ejerciendo  su arte en los momentos más turbios. Hoy, la sociedad árabe, como todas las sociedades, ha mutado, se ha hecho mucho más compleja, y la dictadura ha perdido el monopolio ideológico sobre ella con la llegada de las nuevas tecnologías de la comunicación. La sociedad hoy se organiza fuera del esquema de partido único, que se ha transformado en una antigualla que no acaba de morir. Así, los árabes se han convertido en los maestros absolutos, sobre todo los egipcios, de los chistes anti-poder. Todo esto nos lleva a una situación actual un poco extraña: hay dictadores, sí, pero son pobres seres miserables, burlados, insultados constantemente, desorientados, sin verdadero poder, retraídos en su corrupción y represión contradictoria. El único dictador "verdadero" que hemos conocido ha sido Saddam quien debe estar revolviéndose en su tumba viendo hasta dónde ha llegado el oficio con los Gadafi o los Bashar Al Assad o los otros pajaritos del Golfo. ¿Quién, antes del 2011, hubiera pensado que el pueblo de Bahréin, este pequeño emirato aparentemente sin historia, pudiera rebelarse? Nadie. Esta situación de descomposición de las dictaduras árabes es para ellos un verdadero naufragio.

Entonces, me dirá, estamos quizás cargando demasiado las tintas. Sí, puede ser. Pero es necesario continuar para acabar con el calvario de estas gentes y el nuestro; hay que empujar fuerte hacia adelante y continuar sin cesar para evitar, sobre todo, que algunas facciones islamistas retomen el sistema rejuveneciéndolo. Sobre los islamistas...  La prensa francesa habla de ellos como una entidad homogénea. Esto es totalmente falso y de mala fe. Los islamistas forman un espectro que va desde Erdogan hasta los talibanes, barriendo así todas las alianzas políticas. Podemos referirnos, grosso modo, a tres familias islamistas en la escena árabe-musulmana actual: aquellos que afirman que la política no les interesa y que lo que hay que hacer es predicar el Islam entre los musulmanes;  luego, la esfera de influencia de la resistencia islamista armada con su propio espectro y, para finalizar, la esfera de influencia de la resistencia civil con sus propios flecos. En este último caso, también se encuentran islamistas demócratas que están tanto en la oposición como en las instituciones del régimen como el caso de Ennahda en Túnez o de los Hermanos musulmanes en Egipto; sin citar a aquellos que forman los pilares del sistema como en Marruecos, Jordania, Kuwait o Argelia o que, incluso, son su principal componente como en Gaza o Sudán. Hablar del islamismo como un todo es pues una inepcia.

¿Y sobre los demócratas?

Los demócratas, también ellos, constituyen una miríada con un solo punto en común: su rechazo de la dictadura. Más allá de este elemento de convergencia, difieren en todo lo demás. Están los laicos ferozmente anti-islamistas; los laicos moderados, como yo;  los pro y los anti-americanos; los liberales y los socialistas, etc.  Según de dónde vengan, se sabe hacia dónde van. Yo no conozco, prácticamente, ninguna forma política pura. Podríamos hablar también de los decepcionados del partido único. En Túnez, por ejemplo, una cohorte importante de los padres fundadores del movimiento democrático, provenían del partido en el poder, el Neo-Destour (partido político fundado en 1934 por Bourghiba). También están los decepcionados con el nacionalismo árabe, en general, y con el nasserismo en particular. Yo me cuento entre estos. Hay, en fin, los decepcionados del socialismo en todas sus formas...  Lo cierto es que todos quieren continuar abrazando a sus viejos amores, añadiendo el elemento democracia, no como un fin en sí, sino como un medio para concretar sus sueños de justicia, de desarrollo y de grandeza que la dictadura ha demostrado incapaz de realizar.

Ciertas corrientes de pensamiento occidentales afirman que el mundo árabe estaba "culturalmente programado" para la dictadura y que será difícil librarse de ella, a no ser que se produzca una profunda revolución de la mentalidad árabe. Para estos pensadores, las revoluciones tunecina y egipcia no son más que casos aislados. Asimismo, hablan de "contagio", como si la democracia fuera necesariamente una enfermedad para los árabes. No creen en absoluto en la generalización de la democracia en el mundo árabe. ¿Es usted tan pesimista como los son estos pensadores occidentales?

Quisiera, en primer lugar, detenerme en la noción "especificidad cultural", que sostiene la idea de que la democracia en el mundo árabe no sería forzosamente idéntica a la que se conoce en los países occidentales. Aunque parezca una paradoja, estoy en parte de acuerdo con esta afirmación: la especificidad cultural es un hecho, es una realidad; de la misma manera que existen especificidades físicas y psicológicas en los seres humanos. Sin embargo esto no significa que los seres humanos, como las sociedades, no tengan todos y todas las mismas necesidades. En el mundo actual, todas las sociedades experimentan un deseo idéntico de libertad, de dignidad, de autodeterminación o de autonomía. La especificidad no se expresa en  los valores por ellos mismos, sino por su jerarquización. En resumen, diría que los valores son universales, pero la manera de organizarlos son particulares a cada sociedad. Es en este sentido que yo hablaría de una "especificidad árabe", sin caer en los análisis culturalistas y neo-racistas que me citaba. Decir que los árabes no sienten pasión por la libertad es como afirmar que no aman la música o a los niños. Es idiota. Déjeme recordarle que todos nuestros alumnos de secundaria desde el Golfo hasta el Océano, estudian a los poetas pre-islamistas, los llamados Saaliks, es decir, los poetas vagabundos. Nadie como ellos ha ensalzado tanto la libertad y la revuelta. Además, todos los árabes conocen la historia del gran poeta Antar, hijo de una esclava negra y de un padre árabe que rechazó reconocerlo como un hijo más. Al ser atacados por una tribu enemiga, el padre le pidió que tomara las armas, a lo que Antar le contestó: "Un esclavo no sabe luchar". Y el padre le replicó: "Peléate, eres libre". Fue en combate que Antar devino el símbolo del esclavo que se gana el bien más preciado. Esta libertad fue también cantada por el califa Omar en esta su preciosa frase: "Qué arrogante es encadenar a hombres que sus madres trajeron al mundo libres".

¿Piensa usted que, realmente, algunos líderes occidentales continúan vehiculando las representaciones neo-coloniales sobre el mundo árabe y no querrán reconocer la profunda aspiración de este pueblo a la democracia?

Desgraciadamente, muchos occidentales continúan vehiculando las inepcias sobre la relación de los árabes con la libertad y la democracia. Existen las inepcias "a la europea", representadas entre otros por los Chirac, los Finkielkraut y los Sarkozy... Grosso modo: la democracia es una especificidad cultural; los árabes tienen su manera de pensar y funcionar que no es la nuestra; es pues inútil imponerles nuestros paradigmas. Es así, parece que los árabes estarían desposeídos de esos genes democráticos occidentales. Estas doctas gentes olvidan explicarnos cómo, con estos genes, han dado vida a las peores dictaduras o cómo, pueblos tan "culturalmente democráticos" como el alemán, el italiano e incluso el francés, se hayan  doblegado ante dictadores impresentables con una facilidad sorprendente, o por qué pueblos tan occidentales como el español, el portugués o el griego han alcanzado la democracia tres decenios después que los indios, que viven en democracia desde hace sesenta años.

Están también las inepcias "a la americana" que constituyen otra vertiente de este discurso occidental sobre el mundo árabe. Para ellos,  la tierra no es estéril por naturaleza, ¡simplemente está en reposo a la espera de las simientes! Así, pretenden imponer la democracia a esos "bárbaros árabes". Es el sentido de cruzada de Georges W. Bush y su nebuloso proyecto del "Gran Oriente Medio". Cuando oí hablar de este proyecto, me dije: "¡Dios mío! ¡Estos idiotas van a destruir nuestro trabajo de treinta años!" Temía que la asociación democracia/imperialismo nos hiciera perder los corazones y las almas ferozmente disputadas a los islamistas y a los nacionalistas. En esa época yo había escrito en el periódico Al Hayat de Londres que la intervención americana en Irak podría ser el beso de la muerte del proceso democrático árabe. Estos incompetentes políticos de provincias americanos, aconsejados, no onbstante, por prestigiosos equipos universitarios  y por innumerables agencias de información, lo ignoraban todo sobre la realidad árabe. Por ejemplo, no sabían que Egipto vivió desde el final de la Primera Guerra mundial hasta la Revolución de 1952 bajo un régimen parlamentario... Que el Líbano gozaba de una democracia más avanzada que la israelita, ya que no solo todas las libertades eran respetadas sino que, además, el principio de igualdad de sus  ciudadanos era la regla, contrariamente a lo que pasa en el estado judío, que es una democracia étnica, como aquellas que cocinaron los blancos de la antigua Sudáfrica. Era seguro, esta gente no conocía todo el trabajo de hormigas que andábamos realizando desde los años setenta para sostener nuestras sociedades civiles, nuestros partidos democráticos y nuestra prensa libre, tanto en el Magreb como en el Machreq.

Lo más sorprendente es su incapacidad para apreciar la formidable transformación social que ha venido estimulada por las nuevas tecnologías. No solo existe Twitter o Facebook. Hoy en día, los árabes contamos con unas 400 estaciones  satelitales. En Túnez, en Egipto, las revoluciones han contribuido a la creación de un nuevo espacio mediático cuyo dinamismo podría ser la envidia de muchos occidentales. Muchos dicen que el 90% de las cadenas no valen gran cosa ya que solo tratan temas de sexo, glamour y religión. No importa tanto el contenido sino su propia existencia, que revela un cierto dinamismo, ofrece opiniones no conformistas, permite la burla a los tabús existentes y, sobre todo, muestra  con coraje distintas visiones del mundo. Hay que decir que el 10% de estas cadenas son órganos de información y de debate, destacando la popular Al Jazeera. Créame, soy cualquier otra cosa antes que un chovinista, pero hace ya bastante tiempo que he dejado de ver las televisiones occidentales. Los debates que hay en ellas me parecen afectados, sosos, inconsistentes y sin un claro objetivo. Nada que ver con los debates en Al Jazeera, feroces y de una calidad intelectual remarcable. Todos los temas se debaten con pasión: la tortura, la prisión, la policía, la corrupción, nuestro retraso, nuestro avance, nuestra incompetencia... en fin, todos nuestros problemas. Los dictadores árabes son objeto de insultos e infamias pero solo les queda quejarse tímidamente a su embajador en Qatar. Sí, todavía tenemos dictadores, pero se trata  de pobres miserables que ya no conservan nada de su esplendor de antaño, como les pasó a los aristócratas europeos de finales del Antiguo Régimen. En los años setenta, ellos hablaban y el pueblo callaba. Hoy ocurre a la inversa: el pueblo habla y ellos se callan, y solo les queda replegarse en su televisión estatal que, dicho sea de paso, no goza de una gran audiencia.  Así pues nuestros dictadores son hoy en día seres inaudibles, inexistentes, seres transformados en cobardes jefes de policía. Son gente vilipendiada noche y día, el blanco de los chistes más punzantes; cada día que pasa dan menos miedo y se les tiene menos piedad. Y no hablo aquí de la agitación frenética en Internet o de las 1800 acciones de desobediencia civil registradas el pasado año en Egipto.

La inepcia occidental es tal que continua analizando la situación de sociedades complejas que han optado por la auto-organización y por la libertad de expresión, como la árabe, con el desprecio de los antiguos colonizadores.

 

Enlaces relacionados

Página web oficial de Moncef Marzouki

 

 

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